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Lee aquí mi cuento ‘El Péndulo’

Fue con este cuento que gané el V Concurso Nacional de Cuento, hace ya cinco largos años. Muchas cosas han cambiado desde que escribí ‘El Péndulo’, pero este cuento sigue siendo especial por lo que representó y porque me ha abierto nuevos caminos. Pueden verlo en su versión oficial, en la página 99, o leerlo a continuación:

El Péndulo – Por Luis Martínez B.

 

No entendía por qué tenía que ir a la casa de su tío, le había rogado a su madre en vano y no le quedaba más remedio que obedecer. Le fastidiaba estar con ese hombre un poco chiflado que podía pasar días enteros en su escritorio leyendo y experimentando con esos extraños inventos, con los que además no le dejaba jugar. Aparte de eso, se aburría tremendamente en esa casa de aspecto sucio y descuidado en la que el único aparato electrónico a la vista era un radio viejo que su tío mantenía mal sintonizado y que solo callaba para leer.

Para distraerse solía mirar por la ancha ventana de la sala que permanecía abierta y observaba esas ruinosas casas de tejados rojos y ropa tendida en los balcones. También le gustaba oler el aroma del río y sentir como el viento movía la cortina a sus espaldas. Sin embargo, lo que más le gustaba era mirar esos raros aparatejos fabricados por su tío e imaginar para que serviría cada uno. Normalmente se conformaba con mirarlos desde lejos, pero ese día no fue así.

Fueron los ronquidos de su tío los que le alertaron de que el celoso guardián de los inventos se había quedado dormido. Quién sabe si fue su curiosidad la que lo impulsó o si fue ese extraño deseo que sentimos por hacer lo que nos han prohibido, lo cierto es que antes de darse cuenta ya estaba junto al estante de los inventos.

Estiró su mano y cogió un raro cubo verde con dos alambres a los lados y una serie de botones en el frente. Oprimió todas las teclas y, al no ver ningún resultado, lo volvió a dejar. Luego tomó un largo tubo metálico con varios orificios en forma de triángulo y, tras comprobar que su tío seguía dormido, se dispuso a examinarlo. Lo giró y miró su interior, luego sopló por uno de los extremos para ver si era una especie de flauta, pero ningún sonido surgió de allí. También lo dejó en el estante.

Iba a tomar un artefacto más cuando se percató de un sonido que no había oído hasta entonces. Era ese tipo de tic-tac propio de los relojes que suelen pasar desapercibidos por su monotonía. Siguió el sonido con su oído y se dio cuenta de que venía del estante de los libros y más exactamente de unos libros rojos casi cubiertos por el polvo. Corrió los libros hacia un lado y encontró allí escondido un pequeño reloj de péndulo que le produjo una extraña sensación al mirarlo.

Cogió el reloj y lo observó minuciosamente, no tenía nada de particular salvo una esquina que empezaba a pudrirse y una parte de la pintura despegada. Fijó su vista en el péndulo que se movía elegantemente de lado a lado y tuvo esa sensación que se tiene al ver una reliquia valiosa. Sin embargo, el péndulo tampoco tenía nada raro en apariencia, así que decidió desmontarlo para verlo mejor. Justo en el momento en el que sus dedos le impidieron al péndulo seguir con su movimiento, sintió que el aire a su alrededor se detenía en seco y vio como las cortinas que un instante antes ondeaban se habían quedado congeladas en el momento. Confundido, soltó el péndulo y el aire volvió a circular. Estaba atónito, era como si ese insignificante péndulo controlara ese poderoso misterio que era el tiempo. Volvió a coger el péndulo y de nuevo todo quedó en quietud y silencio. ¡Increíble!, en verdad el péndulo controlaba el tiempo, su asombró creció.

De repente su cabeza se llenó de ideas sobre lo que podría hacer con su descubrimiento, por fortuna su infantil inocencia impidió que se colaran en su pensamiento todas aquellas oscuras ideas que cualquier adulto habría tenido. Guardó el péndulo en el bolsillo y fue a hacer lo primero que le pasó por la mente; comer.

Bajó por las escaleras de piedra y se dirigió hacia la tienda de postres. Al llegar saludó a la inmóvil vendedora que no respondió y cogió un provocativo panecillo. Rara vez podía darse lujos como este así que siguió comiendo de todo un poco. Era extraño, era como si al parar el tiempo también su reloj biológico hubiera cambiado, por lo que no sentía estar lleno aún después de haberse comido casi una decena de panecillos y varios vasos de yogurt, además de un queso que había encontrado en su mesa. Cuando no quiso comer más se fue de allí con la conciencia tranquila por haber dejado en el mostrador unas cuantas moneditas que tenía en su bolsillo, aunque estas escasamente habrían alcanzado para pagar unos tres panecillos.

Fue caminando por la calle mirando las extrañas poses en las que algunos habían quedado al momento de ser congelados. Fue al cine, pero al entrar a la sala cayó en cuenta de que al estar todos inmóviles no había quién manejara el proyector y no pudo ver ninguna película. También fue a uno de esos extraños salones llenos de computadores que se autodenominaban “cafés”, aún cuando el único café en la sala era el del administrador. Sin embargo, las máquinas parecían haber quedado congeladas también, y por más botones que oprimía nada variaba en las pantallas.

ilustracion-cuento-el-pendulo

Ilustración de Jhon Joven en el libro del V Concurso Nacional de Cuento RCN-MEN

Salió de allí un poco decepcionado aunque aún tenía muchas ideas para hacer. Iba caminando por una estrecha calle llena de

vendedores ambulantes que por primera vez en su ajetreada vida habían parado el ritmo acelerado para quedarse más quietos que una pared. De pronto vio de reojo una muñeca como nunca antes había visto. A pesar de que le gustaba jactarse de su rudeza, tenía también cierta sensibilidad hacia la belleza y definitivamente esa muñeca era la más bella jamás encontrada. De repente invadió su cabeza la imagen de aquella niña de la plaza que veía cada tarde y que volvía a ver cuando se iba a dormir, pues no había noche en que no soñara con ella. Aunque nunca le había dirigido la palabra, esa pequeña en realidad lo cautivaba.

Decidió que tenía que regalarle esa muñeca a cualquier costo y, aunque le habría gustado pagarla, no tenía más dinero. La tomó pidiendo perdón al vendedor petrificado y fue corriendo hacia la plaza, donde esperaba que estuviera su amada. La encontró al otro lado del monumento ecuestre, tan inmóvil como este pero mil veces más bella. Se acercó a ella y puso la muñeca a sus pies. Tomó una de las flores del jardín y se sintió extasiado con su aroma. Miró los ojos azules de la niña y acarició sus mejillas. Después de esto no pudo resistirse más y la besó. Fue un beso largo pero insípido, como besar una piedra, nada más distinto a lo que se había imaginado durante tanto tiempo.

Desilusionado y a punto de llorar se fue corriendo a casa de su tío decidido a poner el péndulo de nuevo en el reloj y devolver así el paso del tiempo. Llegó a la casa y subió rápidamente las escaleras de piedra. Sacó el péndulo de su bolsillo y después de dudarlo un poco lo puso de nuevo en el reloj. Sintió el aire volver a moverse y volvió a escuchar los ronquidos de su tío que se mezclaban con el ruido de la radio mal sintonizada. Se sintió aliviado por que hubiera vuelto todo a la normalidad. Al parecer, también su metabolismo se había normalizado y los panecillos y yogures que había comido empezaron a hacer efecto. El péndulo se movió muchas veces durante el tiempo que permaneció en el baño.